El Despertar en Xochicalco


Valeria, una estudiante universitaria de la UNAM, caminaba de regreso a casa después de una larga jornada de clases. El sol comenzaba a ocultarse tras los edificios de la Ciudad de México, pintando el cielo con tonos naranjas y violetas. De pronto, un agudo dolor de cabeza la invadió, seguido de un mareo que la obligó a detenerse. Se apoyó en un poste de luz, respirando con dificultad, hasta que, tan repentinamente como había llegado, el malestar desapareció.


Desorientada, continuó su camino. Sin embargo, algo no andaba bien. Las letras de los carteles que veía le resultaban extrañas, como si pertenecieran a un alfabeto desconocido. Las conversaciones a su alrededor eran un murmullo ininteligible. Un escalofrío recorrió su espalda. ¿Qué estaba pasando?


Al llegar a su edificio, la puerta del departamento que compartía con su amiga Lucía estaba abierta. Entró con cautela, pero el lugar parecía vacío y desordenado, como si nadie hubiera vivido ahí en mucho tiempo. Confundida, se sentó en el sofá, tratando de asimilar lo que sucedía.


En ese momento, un hombre corpulento entró al departamento, gritando en una lengua que Valeria no entendía. El hombre, visiblemente molesto, sacó un teléfono y marcó un número, gesticulando con impaciencia. Valeria intuyó que estaba llamando a la policía.


Minutos después, dos policías uniformados aparecieron en la puerta. Valeria intentó explicarles en español lo que sucedía, pero ellos la miraban con incredulidad, sin comprender una sola palabra. La situación se volvía cada vez más angustiante.


De pronto, un policía de edad avanzada se acercó a Valeria. Con la mirada llena de compasión, le preguntó en un español entrecortado: “¿Español… hablas?”. Valeria asintió con la cabeza, aliviada de encontrar a alguien que pudiera entenderla.


El viejo policía la tomó del brazo y la apartó de los demás. Mirando a su alrededor con nerviosismo, le susurró: “Huye… rápido… Si regresas a tu mundo… busca a… otro yo… Esteban González…”. Antes de que Valeria pudiera reaccionar, el policía la empujó hacia la salida del edificio y le indicó con la mano que corriera.


Desconcertada y asustada, Valeria corrió sin rumbo fijo, esquivando a la gente y perdiéndose en las calles desconocidas. Las palabras del policía resonaban en su mente: “Otro yo… Esteban González…”. ¿Qué significaba todo aquello?


Mientras corría, el intenso dolor de cabeza y el mareo volvieron a atacarla. Se desplomó en una banca de un parque, sintiendo que la realidad se distorsionaba a su alrededor. Cerró los ojos con fuerza, esperando que la pesadilla terminara.


Cuando los abrió, se encontró sentada en la misma banca del parque, pero todo había vuelto a la normalidad. Los carteles estaban en español, la gente hablaba su idioma y, a lo lejos, reconoció la fachada de su edificio. Había regresado a su mundo.


Con el corazón aún latiendo con fuerza, Valeria decidió seguir el consejo del policía. Buscó en el directorio del edificio el nombre de Esteban González. Vivía en el primer piso. Valeria respiró hondo y tocó el timbre.


La puerta se abrió y un hombre de edad avanzada, con uniforme de conserje, la miró con curiosidad. Era el policía que la había ayudado a escapar.


Esteban la invitó a pasar y le explicó que ella había experimentado un desplazamiento entre mundos paralelos. El mundo al que había llegado era una versión distorsionada del suyo, donde los habitantes veían a las personas de su realidad como seres peligrosos.


“Tuviste suerte de encontrarme”, le dijo Esteban con una sonrisa. “No muchos logran regresar”. Le contó que él había vivido la misma experiencia años atrás, y que desde entonces se dedicaba a ayudar a aquellos que se perdían entre las realidades.


Valeria, aún conmocionada por la experiencia, agradeció a Esteban por su ayuda. Al salir del edificio, miró a su alrededor con nuevos ojos. El mundo que siempre había conocido ahora le parecía frágil, como una fina capa de hielo que podía romperse en cualquier momento. Sabía que su vida nunca volvería a ser la misma después de haber vislumbrado el abismo de lo desconocido.

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